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Coordinates 2220

Uploaded June 30, 2019

Recorded June 2019

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near Poza de la Sal, Castilla y León (España)

Diapiro de Poza de la Sal
El diapiro de Poza de la Sal es uno de los fenómenos geológicos más interesantes de la provincia de Burgos. A esta particularidad, hay que sumar el entorno pintoresco del Poza de la Sal, donde se incluyen el castillo, las salinas y la villa medieval. Partiendo del pueblo, subiremos hasta el castillo y desde allí rodearemos el diapiro por el Altotero, visitando el Castellar y algunas salinas en el retorno a Poza.

Dejamos el coche en la parte baja del pueblo, cerca de la plaza y nos dirigimos a ella. Tras pasar el arco, tomamos la calle que por la izquierda sube hacia el palacio. Dejamos a la derecha el Museo de la Radio y continuamos calle arriba, abandonando las últimas casas del pueblo. El camino continua por una empinada escalinata que sube hacia los restos del Palacio de los Marqueses de Poza que se ubica a media ladera entre el castillo y el pueblo.
Según ascendemos de altitud, dejamos el caserío del pueblo a nuestra espalda atrás. La muralla medieval nos acompaña a nuestra izquierda y nos sorprende su buen estado de conservación. Pronto, llegamos al entorno del palacio de los Marqueses de Poza, restaurado en 2006. En sus inmediaciones hay un mirador y un panel informativo del monumento. Buenas vistas sobre el caserío de Poza y la llanada de la Bureba detrás.
Desde el palacio, tomamos el sendero que a media ladera, continua hacia el oeste, con el pueblo a nuestra izquierda abajo. Pasamos junto a los restos arruinados de la ermita de Santa Cecilia y tras pasar junto a una gran peña, que representa el borde este de la gran apertura del diapiro, torcemos a la derecha. El camino asciende a través de un estrecho sendero salvando el desnivel que hay hasta la llanada donde se ubica el castillo, unos metros más arriba.
Estamos ya dentro del diapiro y el camino que seguiremos discurre por su lado SO.
El castillo de Poza, se nos presenta imponente, aferrado sobre una roca, vigilantes sobre la Bureba. Su emplazamiento se produce precisamente en el punto de máxima apertura del diapiro, en que el terreno es prácticamente vertical subimos por sus escaleras talladas en la roca realizamos unas fotos y continuamos camino arriba buscando el páramo, a nuestra derecha, podemos contemplar ya perfectamente la envergadura del diapiro, de unos dos kilómetros de amplitud, el camino es amplio y cómodo y asciende suavemente, el páramo de Masa se atisba en el horizonte más arriba.
Todo el recorrido es fácil de realizar, la pendiente no es excesiva y tenemos buenas vistas del Castellar, también llamado Peña Negra. Se trata del conjunto de peñas y rocas que afloran en el mismo centro del diapiro y que por su propia naturaleza, representan los materiales más antiguos, procedentes del Triásico (250 - 200 millones de años) y son la clave para entender el proceso geológico que estamos contemplando. Lo visitaremos en el retorno a Poza, llegamos por fin al páramo, cruzamos la carretera y junto a ella, en una gran explanada, encontramos el Monumento a Félix Rodríguez de la Fuente, se fundó en los años 90 del pasado siglo y es un homenaje a la persona del naturalista en su pueblo natal.
Subimos hacia el borde norte del diapiro, buscando el mirador que se ubica en su extremo para disfrutar de las panorámicas del pueblo abajo y el mencionado Castellar. Pasamos junto al hito montañero que indica el Altotero (1176 metros), cota que no destaca especialmente sobre el páramo, aunque sí y mucho desde la Bureba.
Muy cerca, llegamos al mirador y leemos el panel explicativo sobre el diapiro y su entorno geológico e histórico. Lo que estamos viendo se asemeja a los restos de un gran cráter abierto (y así se creyó en el pasado) pero realmente el proceso de formación es bien distinto: el empuje ascensional de la sal y otros materiales del Triásico por su centro, ha provocado a lo largo de millones de años, que las capas superiores formadas por materiales calizos del Cretácico se abran en todo su derredor. En su progresión, han aflorado por empuje los restos de materiales volcánicos remanentes de esa edad geológica. Son las llamadas ofitas, que componen el conjunto de peñascos que conforman el Castellar.
Desde aquí, comenzamos el regreso por el lado NE. del diapiro hacia el pueblo, que vemos lejano abajo junto al castillo. El camino se difumina poco a poco, pero no hay pérdida posible ya que siempre seguimos el borde, aprovechando las trochas y trazas de sendero que bajan desde el páramo.
Llegamos a las inmediaciones del Castellar Peña Negra que se hallan a nuestra derecha en el sentido de la marcha. Nos salimos del camino y tomamos una senda que nos lleva a su misma base, cercana. Como se ha explicado, se trata de un espectacular afloramiento de materiales rocosos triásicos que surge del interior y cuya existencia está en relación directa con el fenómeno del diapirismo como ya hemos explicado más arriba. Podemos encaramarnos fácilmente y llegar hasta la base de las rocas.

Admiramos las dimensiones ciclópeas de algunas de sus lajas y bloques desgajados en posición casi vertical, como empujados de abajo arriba. Y es que es esto lo que realmente ha ocurrido y sigue ocurriendo actualmente, pero con la lentitud propia de los procesos geológicos, muy diferente a la escala temporal humana. Estos bloques son las ofitas, los restos volcánicos acumulados hace 230 millones de años en los estratos del Triásico y que los materiales salinos del Keuper han arrastrado hasta la superficie gracias a fenómenos de diferencia de densidad (movimientos llamados halocinéticos). Es evidente que su composición y aspecto nada tiene que ver con los materiales que contemplamos a su alrededor.
Desde las alturas de la peña, divisamos perfectamente Poza de la Sal, a los pies de su castillo, que cierra la salida del diapiro por su lado sur. El camino de regreso hacia el pueblo será un recorrido entre restos de pozos salineros abandonados.
Retornamos al camino que bordea el diapiro y continuamos el descenso hacia Poza. Enseguida, pasamos junto a las ruinas de la ermita de la Magdalena.
Si nos fijamos en las piedras que la forman, vemos que hay algunas piedras negras pertenecientes al Castellar entre las propias calizas del entorno del páramo.
Unos doscientos metros más adelante, pasamos también junto a las ruinas de los almacenes de La Magdalena, aún en buen estado de conservación. Sorprenden las dimensiones del edificio.
Aunque hay multitud de senderos y caminos que unían las cubetas, la mayoría perdidos entre la vegetación, el camino siempre es evidente ya que tenemos el interior del diapiro a nuestra derecha y la progresión es muy fácil. Ya cerca de Poza, divisamos entre las salinas unas cárcavas de aspecto rojizo destacando vivamente sobre el entorno.
Son los materiales aflorantes formados por arcillas, yesos y sales del Triásico del fondo del diapiro. Continuamos sin pérdida ya hacia el pueblo, en donde entramos por su parte baja entre restos de pozos salineros hoy abandonados y algunos restaurados. Justo a la entrada, hay una estatua erigida en honor al antiguo salinero pozano, oficio milenario hoy desaparecido.
Pasando la carretera, entraremos en el casco antiguo de Poza de la Sal de nuevo. Junto a la carretera, se haya el Centro de Interpretación de las Salinas y el Diapiro.
Ruins

Palacio de los Marqueses

Los marqueses de Poza construyeron su palacio sobre la villa, en la ladera oriental al peñón, protegido por el castillo, y se mantuvo en uso hasta mediados del siglo XVIII. Los restos que hoy permanecen integran un conjunto de arquitectura civil, militar y religiosa. En este sector se encuentran las ruinas del Palacio de los Marqueses de Poza. El recinto palaciego integró la Ermita de Santa Cecilia, y la Ermita de San Juan se construyó extramuros, junto al paramento sur de la muralla. Palacio de los Marqueses de Poza 7a Sólo se conservan de norte a sur lienzos de muro y una torre de planta cuadrada, de dos pisos, con un acceso y organización direccional del espacio interior en zig-zag, acceso en codo, siguiendo el característico modelo defensivo musulmán. La torre es cuadrada (de casi 6 mts. de lado). Para conseguir mayor eficacia defensiva su ingreso se cons­truyó en zig-zag, siguiendo modelos típicamente musul­manes. Tiene un segundo piso de paredes más delgadas que la base al que se accedía desde el paseo de ronda de las murallas. Este segundo cuerpo está cubierto de bó­veda de medio cañón, obra posiblemente posterior. En los vanos predomina el arco rebajado. Son aún visibles los mechinales en que se apoyaron algunas plantas del palacio. Todo se construyó de sillarejo y mampostería con relleno de cascote y argamasa. Palacio de los Marqueses de Poza 8a Cerca de esta puerta quedan restos de otras obras, al­gunas levantadas directamente sobre la roca, como ci­mientos del palacio, bases de murallas, algún cubo, un aljibe al que surtía un manantial cercano… Entre estas construcciones y el caserío hay un buen espacio libre que pudo ser huerta. Los detalles arquitectónicos parecen indicar una obra posterior al castillo, posiblemente del s. XV. “Sobre la villa, que está murada, se halla vajo del Castillo el esqueleto de un Palacio en que vivían los SS. Marqueses de ella… fundado por el Conde Garci Fer­nández según se cree, con una ermita muy reducida de San Juan Bautista, que sin duda servía de oratorio, y en­tre ella y el Palacio un pequeño jardín: huvo allí también ermita de Sta. Cecilia.” Sólo el lienzo y torre que defen­dían la entrada al palacio se conservan regularmente por hallarse asentados directamente sobre la roca. La torre fue restaurada en el año 2006.
Castle

Castillo de los Rojas

Poza (o Pozas, como dicen algunos documentos) se halla emplazada en lugar claramente ventajoso entre el páramo, productor de pastos y leña, y la llanura, rica en fruta y cereales. Su localización se explica, fundamental­mente, por hallarse junto a un filón salinero, pero tam­bién como punto de control de la escabrosa vía que une el valle de Homino con el Altotero o borde oriental del páramo de Masa. El inclinado balcón en que se levanta el caserío está protegido tanto por lo abrupto del terreno como por el castillo, inaccesible, que garantizan al pue­blo extraordinaria seguridad. En época prerromana ya hubo población en Poza, aunque con emplazamiento distinto al actual. Posiblemente fue ciudad autrigona fronteriza con los turmogos. Numerosísimos restos romanos, bien conocidos, nos ha­blan de una floreciente colonia romana llamada Flavia Augusta o mejor Salionca. En Poza se cruzaban algunas calzadas de importancia secundaria. Castillo de Poza de la Sal 20a A mediados del s. X ya aparece la villa repoblada y en manos de Fernán González. Muy a principios del XI era centro de un pequeño alfoz formando parte, como toda la Bureba, del reino navarro. En 1048 dominaba en Poza Sancho López, quien tras la derrota de Atapuerca no se retira, pues todavía en 1507 aparece como tenente por el rey navarro. El pueblo hizo, pues, durante unos años, de frontera con Castilla. En 1082 era tenente “comes Gun­disalus in Castella, et Tetilia et Cadreggas, et in Poça…” y quince años después lo era Gómez González. Durante las luchas civiles castellano-aragonesas fue su alcaide Sancio Ihoannes por Alfonso el Batallador. El castillo de Poza formó parte de las arras concedidas por Alfonso VIII a su mujer. El rey nombraría por tenentes a García Rodríguez, en 1177, y, cuatro años después, a Pedro Gu­tiérrez. El 28 de enero de 1298 Fernando IV hacía merced a Juan Rodríguez de Rojas “por algún daño que reçibió en nuestro servicio por cumplir justicia quel derribaron mu­chas casas fuertes y otras llanas e cortaron muchos pa­rrales y muchas viñas y huertos e quemaron aldeas e ge las robaron e derribaron molinos. Nos por le hacer emienda… damosle Poza y Pedrajas que son en la merin­dad de Bureba..” Medio siglo después Alfonso XI confirmaba la donación. Lope, hijo segundo del citado Juan, heredó Rojas y Poza por muerte violenta de su hermano a manos de Pe­dro I. Siguió en Rojas el hijo mayor, Rui, que se repar­tió Poza con Sancho, aunque pronto cedió a éste su par­te. Sancho tuvo un hijo varón que no dejó descendencia, por lo que Poza pasó a su hija Sancha, casada con el ma­riscal Diego Fernández de Córdoba. Al morir ésta, en 1393, daba permiso a su marido para hacer mayorazgo con gravamen de apellido Rojas, cosa que hizo el mariscal en 1423. Como ya se ha dicho, en el s. XVI se le daría por nulo. Al casar Elvira de Rojas con el señor de Monzón se unirían estas dos ramas del apellido Rojas para siempre. Las salinas del pueblo, fuente de ingresos de primer orden durante muchos siglos, atrajeron las apetencias de nobles y monasterios. Su peso en la economía y activida­des del vecindario fue aplastante. Lentamente los Rojas fueron acaparando derechos hasta que parece ser que con Juan II pasaron por completo a esta familia. A prin­cipios del s. XVI su renta les reportaba 3.000 ducados al año. En 1564 revertían a la corona. Su valor se estimó en 89 cuentos “antes más que menos”. Tras su completa posesión es lógico que los Rojas consideraran a la cer­cana fortaleza como elemento fundamental para la defensa de tan importante fuente de ingresos. En la cima de un inaccesible roquedo, que destaca al Oeste del pueblo, se halla incrustado el castillo de Poza “como un barco en la cumbre de una ola petrificada” (Ridruejo). Al pie del monte permanece el esqueleto de los dos cubos que flanquearon la puerta de ingreso a lo que fue un amplio patio de armas. Hubo foso, que ape­nas si se aprecia. También en el lado interno de dichos cubos existió algún tipo de edificación. La cerca se unía por el Norte a la base del castillo formando un semicírcu­lo. Por el lado opuesto, en cambio, terminaba en el acan­tilado conservándose aún buen trozo de su lienzo, así como restos de un cubo. Por una difícil escalera tallada en la roca viva se as­ciende a lo alto. A falta del más mínimo espacio llano se construyó el castillo en un lado de la cima, por esto úni­camente tiene lienzos al Norte y Oeste formando ángulo. Su colocación en lugar muy escarpado casi no exigió obras complementarias de defensa. Por un portillo ojival de doble y perfecto dovelaje se pasa al interior. Quedan pocos restos de la buharda que le defendió. Una vez dentro puede apreciarse un espacio irregular, cubierto de bóvedas triangulares, y un aljibe o bodega excavada en la roca. Por una puertecita de arco rebajado se ingresa en un gran sótano cubierto de bó­veda ligeramente apuntada de unos 16 metros de largo por 3,50 de ancho. Al fondo hay una escalera por la que se sube a una terraza muy amplia de 36 metros de larga por 12 metros en el lado más ancho. Ahora puede apre­ciarse perfectamente el extraordinario tamaño de los ma­cizos cubos en los extremos opuestos de la fortaleza. Existen también dos torreoncillos apoyados en modillo­nes, uno en el ángulo del Norte y otro, más pequeño, en el punto en que tuerce el paramento mayor. No hay res­tos de almenas y parece que no existieron matacanes. Los muros sobrepasan los dos metros de grosor. Por to­das partes predomina la mampostería. A fines del s. XVIII la fortaleza estaba en ruinas: “Poza… está situada a la raíz de un elevado Peñasco, so­bre el que tiene un Castillo y plaza de armas antiquísimo y ya mui deteriorado, nombrado el Roquero… el que en una almena redonda al costado del medio día tiene una piedra con una inscripción Romana que ya no se distin­guen sus caracteres, pero alguno, que antes la leyó dijo que contenía esta memoria (de la fundación del castillo por Augusto)”. Su estado actual no es sólo consecuencia del abandono, sino también resultado de los efectos de la guerra de la Independencia. Allí se instalaron los france­ses y allí se defendieron, en 1813, de los ataques de los guerrilleros Longa y Mendizábal. La esbeltez de la fortaleza, sus proporciones, la falta de elementos pesados y el empleo de materiales menu­dos contribuyen a darle cierta sensación de ligereza. Los restos actuales presentan buen aspecto. La excelente tra­bazón de la cantería y la solidez de la base, perfecta­mente adaptada a la roca, han ayudado indudablemente a su conservación. Castillo de Poza de la Sal 14a El significativo nombre de Poza indica claramente que desde un principio nació como explotación salinera. Una riqueza tan apetecida, por necesaria, es lógico que se defendiera con todo tipo de medios. Se ha supuesto un punto fuerte ya en tiempos roma­nos, cuyo recuerdo quizá pudiera ser el “Castellar”. Si existió no quedan vestigios. La mencionada inscripción demuestra más un aprovechamiento de materiales roma­nos que restos de un castillo construido por ellos. Pérez de Urbel piensa que la fortaleza de Poza debió de ser levantada como elemento defensivo de la línea tra­zada tras el avance repoblador del s. IX. Está comprobado que sí existió, al menos en la segunda mitad del s. X, y que junto a ella había una pequeña aldea hoy día completa­mente desaparecida. Del edificio románico no queda nada, pues toda la fábrica actual es gótica que bien pudiera atri­buirse a principios del s. XIV levantada por los Rojas tras la donación de Poza. Algunos detalles arquitectónicos indican obras posteriores, próximas al s. XVI. En 1378 era alcalde Sancho Fernández y, en 1489, Pedro Zorrilla. “Sobre la villa, que está murada, se halla vajo del Castillo el esqueleto de un Palacio en que vivían los SS. Marqueses de ella… fundado por el Conde Garci Fer­nández según se cree, con una ermita muy reducida de San Juan Bautista, que sin duda servía de oratorio, y en­tre ella y el Palacio un pequeño jardín: huvo allí también ermita de Sta. Cecilia.” Sólo el lienzo y torre que defen­dían la entrada al palacio se conservan regularmente por hallarse asentados directamente sobre la roca. Los Rojas construyeron en la base del castillo un espectacular alcázar, que muestra la grandeza de su señorío, del que hoy tan solo se conservan dos cuerpos y una torre cuadrada. En 1528 sirvió de prisión a los embajadores de la Liga Clementina, por orden del Emperador Carlos V. En el siglo XVIII tanto el alcázar como el castillo aparecían arruinados tras haber prestado a sus señores y a la Corona importantes servicios. Pero en 1808, al comenzar la Guerra de la Independencia, el castillo revivió. Los franceses lo rehabilitaron en la medida de lo posible y se instalaron allí por la amplia perspectiva que les ofrecía sobre la zona. Tras la Guerra de Independencia el castillo aún siguió prestando servicios de vigilancia durante las guerras carlistas.
panorama

Mirador de la Bureba

Summit

Altotero 1177m

Waypoint

Almacen de Sal La Magdalena

Mine

Salinas de Poza de la Sal

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